martes, 5 de julio de 2011

TREKKING POR WADI RUM

Pronto hará tres meses de nuestro viaje a Jordania, pero el recuerdo de alguno de sus rincones permanece fresco en la memoria. Hay lugares que son de visita obligada, y al mismo tiempo, dejan huella en aquellos que se acercan a admirarlos. Y uno de esos lugares es Wadi Rum, un desierto de arena y roca, de sol y viento, de calma y silencio.

Llevábamos ya unos días en el país, habíamos conocido el pequeño caos ordenado de la ciudad de Madaba y las impresionantes ruinas nabateas de Petra, y le tocaba el turno al desierto de Wadi Rum, cercano a la frontera con Arabia Saudí. No es un desierto del tipo que a todos nos viene a la cabeza, de dunas y arena hasta el infinito: al contrario, lo forman grandes moles de roca, macizos de arenisca de formas caprichosas separados entre sí por amplios cañones y llanuras de arena. Todo ello configura un paisaje impresionante y muy difícil de olvidar.

El día 8 de abril por la mañana nos plantamos en el pueblo de Wadi Rum, y después de satisfacer las tasas correspondientes -estamos en un área natural protegida- nos preparamos para una travesía a pie por el desierto de dos días. Para ello, contratamos los servicios de una empresa de guías que nos proporcionaría agua, alojamiento y transporte 4x4 en determinados puntos del recorrido. Aquí no hay senderos trazados, ni refugios, ni fuentes, ni cobertura de móvil, y la vista engaña a la hora de apreciar las distancias.

Partimos del pueblo a pie, y cruzamos el macizo de Jebel Um Ishrin atravesando el cañón de Rakabat, un recorrido muy perdedor aunque impresionante.























Al otro lado recorrimos las dunas rojas, y después de parar para comer algo, continuamos la marcha hasta las ruinas de la que fue casa del militar británico Edward Thomas Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia.


































Finalmente, continuamos nuestro recorrido hasta el campamento beduino en el que hicimos noche.












Al día siguiente nos acercamos en 4x4 al macizo de Jebel Burdah, donde ascendimos hasta su enorme puente de roca.












Tras el descenso, continuamos nuestro recorrido a través de varios cañones, y después de comer visitamos el puente de roca de Um Fruth, de menores dimensiones que el anterior. De ahí fuimos a ver nuestra última puesta de sol en el desierto, para luego volver al campamento.























Como colofón a la experiencia, por la noche estalló una tormenta y se puso a llover con intensidad, un espectáculo excepcional que aquí se ve pocas veces al año.

Al día siguiente, un todoterreno nos devolvió al pueblo de Wadi Rum. "Ahora congelo cada instante sabiendo de antemano que son los últimos..." Recordé esta frase de una canción mientras miraba a mi alrededor, observando por última vez aquel paisaje y sus fascinantes formas. Cargamos nuestro coche, y partimos en dirección a Aqaba y el Mar Rojo. Atrás quedaba el desierto, y también nuestro jovencísimo guía beduino Attallah. Ataviado con su pañuelo, sus ropas tradicionales y sus sandalias de cuero, aquel chaval que sólo aspiraba a casarse, a tener sus propios camellos y cabras y a vivir en el desierto, en ningún momento necesitó nuestras botas, nuestra ropa técnica ni nuestro GPS. Attallah, sin pretenderlo, nos proporcionó algunas cosas sobre las que reflexionar.




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